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Fragmento de La Santa Muerte, final.
Hacía más de un par de horas que Gabriel estaba al acecho, por ahí escondido detrás de un árbol; porque eso de esconderse entre la multitud de chaparros nunca le funcionó.
Con dos metros tres centímetros de altura Gabriel siempre destacó y sobresalió en las multitudes.
Eso sin mencionar que Gabriel era demasiado bello, como le decía Gloria, cada que lo veía.
Y su físico perfecto de modelo de revista australiana tampoco ayudaba mucho para esconderse entre la mexicanada indígena, en donde si bien los españoles -con su infame, pero muy histórica y bien documentada conquista- ya habían dejado esparcido su blanco ADN no habían logrado dominar a la raza indígena, al menos no genéticamente hablando.
Así que un árbol de 15 metros era perfecto para Gabriel.
Media hora más tarde, un abrumado -y ciego- Antonio apareció en escena.
Para entonces ya eran casi las dos y media de la mañana. Las primeras tres filas de cuatro personas cada una -varones todos- estaban llenas.
Eran contadas las mujeres que iban a visitar a La Santa Muerte de noche, y no porque las mujeres no tuvieran maldad en sus corazones, sino porque temían enfrentarse con una maldad todavía más concentrada y renegrida que la propia.
Era obvio que había calidad en la maldad. Los había más malditos y un poco menos malditos.
Esos varones nocturnos eran lo peor de la especie masculina, y si de tentar la suerte -para ir a rezarle de noche a La Santa Muerte- se trataba, pues bien podrían salir esas malditas mujeres secuestradas, violadas y descuartizadas.
Apareciendo sus femeninos cadáveres en cualquier banqueta o parque cercanos.
Tal vez lo más seguro para las mujeres malvadas era ir de día, y tratar de pasar por 'gente buena.'
Antonio venía tan despistado que no imaginó que ahora era justamente él quien era acechado, para ser cazado.
No cayó en la cuenta de que había ya pasado de cazador a presa.
De dos ojos bien abiertos, a dos bien cerrados.
Y en su infinita inexperiencia como presa no reparó en sus alrededores -ni entorno inmediato- para ver quien lo veía, lo asediaba, lo acosaba, lo espiaba, lo vigilaba, y acechaba.
Y sin pensárselo mucho Antonio encendió un cigarrillo y caminó resignado -arrastrando los pies un poco- hacia la quinta fila de hombres malos y malditos, que recién se formaba.
Si bien Gabriel nunca creyó en las armas, porque era de la idea -inculcada por su querido tío Enrique- que atacar con armas era de cobardes, esa noche llevaba consigo un cuchillo serrado de cacería, escondido en la cintura del pants -por debajo de la camiseta.
Y caminó despacio hacia Antonio.
Se paró detrás de él. Se acercó a él un poco más y sacó ese cuchillo serrado de sus ropas, disimuladamente.
Bastó un empellón a la altura del riñón izquierdo, para que Antonio empezara a caer.
Gabriel lo sujetó por detrás, al tiempo que gritaba: -Oiga, ¿qué le pasa? ¿Se siente bien?
Y ayudó a Antonio a acostarse en el suelo, bocabajo.
Pero no sin antes poner el cuchillo debajo de Antonio, entre su vientre y el suelo. No hubo tiempo para darle otra cuchillada por delante, pues la multitud de malditos se arremolinaba ya al rededor.
Gabriel deseaba deshacerse del arma homicida, y caminar de ahí sin nada en las manos que lo incriminara. Ya cuando levantaran el cadáver de Antonio -horas después- encontrarían el regalito.
-¡Llamen a una ambulancia por favor! ¡Ha de ser un infarto! -Gritó Gabriel a la muchedumbre.
Mientras Antonio yacía sobre el duro pavimento Gabriel se inclinó sobre él, y desde atrás y le dijo al oído:
-Hoy te mueres, puto desgraciado. Te ofrezco como sacrificio humano a la huesuda traicionera. Desángrate a gusto.
Ahoj! Jsem Libroamiko, tvůj knižní rádce.
Jak ti můžu pomoct?