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En abril de 1929, la Ciudad de México se estremeció con uno de los crímenes más brutales de su historia. Luis Romero Carrasco, un joven de apenas 21 años, marcado por una vida de excesos y una adicción feroz a la marihuana, decidió que su tío, Félix Tito Basurto, debía pagar por viejos rencores. Tito, un pulquero acaudalado y respetado en la colonia Peralvillo, se convirtió en el blanco de una venganza disfrazada de robo.
Romero no actuó solo. Lo acompañaron dos cómplices: Luis Mares y Baldomero Tovar. El 17 de abril, los tres irrumpieron en la casa de Tito, ubicada en la calle Matamoros #37. Lo que parecía un golpe planeado para robar dinero terminó en una masacre. Romero desató su furia con un tubo y un cuchillo, asesinando a su tío, a su tía Jovita Velasco, a la sirvienta María de la Luz Laguna y a la pequeña María de Jesús Miranda, nieta de Tito, de apenas diez años. Ni el loro de la casa se salvó; lo mató por miedo a que lo delatara.
La escena del crimen dejó a la ciudad en shock. El detective Valente Quintana tomó las riendas de la investigación. Gracias a la dactiloscopía, técnica aún novedosa en México, logró identificar a Romero por las huellas que dejó en las armas. Capturado poco después, confesó los asesinatos, aunque intentó repartir la culpa entre sus compañeros.
La prensa no tardó en bautizarlo como La Fiera Humana. Los titulares explotaron con morbo y rabia, mientras la sociedad exigía justicia. En agosto de ese mismo año, Romero enfrentó juicio. Aunque la pena de muerte parecía inevitable, fue conmutada por 20 años en las Islas Marías, debido a la reciente abolición de la ejecución capital. Sus cómplices recibieron la misma condena.
Pero Romero no se resignó. Logró fugarse de la Cárcel de Belén, aunque su libertad duró poco. Lo recapturaron en Tacubaya. En 1932, durante su traslado a las Islas Marías, fue ejecutado bajo la infame ley fuga en Huehuetoca, Estado de México. No hubo juicio. No hubo defensa. Solo un disparo en el camino.
Sus restos terminaron en una tumba olvidada, marcada por una frase escrita por su madre: Ojalá que Dios te perdone. El caso dejó una cicatriz profunda en la criminología mexicana. No solo por la brutalidad del crimen, sino por lo que reveló sobre el México posrevolucionario: el miedo a la delincuencia, el estigma de las drogas y la fragilidad de la justicia.
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